viernes, 2 de diciembre de 2011

BROMAS APARTE - Cap 1 (Parte 3)

A las siete María se pasó por casa —previa llamada para asegurarse de que había acabado con los deberes y que no tenía nada más que preguntarle— y entre los dos nos dedicamos a poner verdes a los dibujos animados que había en ese momento. Finalmente Ana se fue a la cocina a terminar un dibujo que le había prometido a Marina y María y yo nos quedamos a solas en el salón viendo Hora de aventuras.

—¡¿QUÉ?! —preguntó María cuando le conté lo que había pasado esa tarde—. ¿Me estás diciendo que ese tío bueno que tenemos por profesor de Literatura vive a dos manzanas de nuestra casa?

Nuestras casas, querida María —puntualicé masajeándome los oídos. Ese grito me había dejado sordo—. Pero sí, el gafas vive por aquí.

—¿El gafas? ¿Ya le has puesto mote? Y no es el más original precisamente... —murmuró, como si no la pudiera oír, sentada como estaba a mi lado en el sofá.

—Bueno, lleva gafas —me defendí—. Pero de todas formas, ¿tan bueno os parece que está? Yo lo único bueno que le veo es la cara. Es un tirillas, seguro que ese tío no ha hecho ejercicio en su vida.

—Aunque a ti pueda parecerte que el deporte es todo en la vida y que un par de brazos como jamones ibéricos son el mejor complemento para una chica, afortunadamente nosotras no pensamos lo mismo. Lástima que tú no seas más que un puñado de músculos y poco cerebro. ¿Dónde has perdido las neuronas, Chuck Norris? —dijo ella en son de burla dándome en la frente con el dedo índice.

Yo me hice el ofendido.

—Ya, pues que sepas que yo soy mucho mejor que él, estoy mucho más bueno y...

—¿Y?

—Y hago tortitas —dije recurriendo a una baza inesperada que se me acababa de ocurrir.

María se quedó momentáneamente callada. No había otra cosa que pudiera callar a María más que las tortitas. Lloraba por ellas, rogaba por ellas, mataba por ellas.

—Seguro que un hombre tan bueno como él sabe hacer tortitas de todos los tamaños y colores. Y mejores que las tuyas.

—Ya, seguro. NADIE hace las tortitas mejor que yo —me pavoneé.

—Por supuesto, por supuesto. Oye, ¿y cómo hemos acabado hablando de tí, Jonás? Volvamos al tema candente. ¿Qué llevaba puesto? —dijo María, decidida a olvidar su momento de debilidad.

—Eh... llevaba... ¿ropa?
Respondí lo primero que se me ocurrió y María me miró como si me estuviera perdonando la vida.

—¿Yo qué sé? Pues pantalones, lo normal, ¿acaso querías que llevara falda? —pregunté intentando salvar la situación. No tenía yo como hobby precisamente el ir mirando qué llevaban puesto los demás tíos a mi alrededor.

—Adrián, hay veces que me pregunto seriamente si eres así de tonto o si finges serlo. Dejemos el tema de la moda de lado. ¿Llevaba gafas como en clase? ¿Cuál dijo que era su casa?

—Pues sí llevaba gafas y me dijo que se acababa de mudar a ese edificio de pijos con la portería azul que hay cerca de la Rotonda de Marzo.

—Awwwwww —dijo ella poniendo cara de cordero degollado. Yo puse cara de asco, ganándome una colleja.

—¡Au!

—No te burles de los sanos sentimientos de una dama.

—¿Qué dama? Yo aquí no veo ninguna —dije moviendo la cabeza de lado a lado para observar la habitación en su totalidad.

—Adriáaaaaaaaaaaan...

Cuando mi madre llegó a casa ni me enteré, ya que estaba corriendo alrededor de los sillones del salón con una María furiosa tras mis pies, y casi la atropello. Como buen hijo de mamá haría me puse a su espalda y dejé que me protegiera de la bestia parda en que se había convertido mi amiga. Y mi madre, más en solidaridad con la bestia parda antes que con su propio hijo, la invitó a cenar. Mierda.

Al final el día acabó sin más percances ni peligrosas amenazas de asesinato pero cuando María volvió a su casa no lo hizo sin antes darme un consejo:

—Yo que tú, Adriancito de mi corazón, registraría la casa entera en busca de despertadores y los pondría todos en hora para que mañana tuvieras alguna oportunidad.

—Sabes que no va a funcionar —objeté.

María se puso seria y me miró a los ojos.

—La esperanza es lo último que se pierde. Y mejor esto que que te fuerce a ir al psicólogo, ¿no? —hizo una pausa—. Al menos inténtalo, no puedes seguir tu vida de esta manera.

Lo dijo con un tono tan lastimero que no pude hacer otra cosa que darle un abrazo y prometerle que pondría la casa patas arriba en busca de los dichosos despertadores. He aquí lo que una amiga de la infancia puede llegar a hacer contigo si te pilla por las partes convenientes. Escalofriante.

Al final me fui a la cama con cuatro despertadores en la cabecera de la cama, además del móvil, todos puestos en hora y con la alarma activada para que me despertaran al día siguiente a las siete y cuarto. “Tiene que funcionar”, me dije a mí mismo antes de apagar la luz y cerrar los ojos.

*****

Al día siguiente lo primero que salio de mis labios fue una palabrota. Sí, estaban todos los despertadores sonando, sí, me había despertado. No, no iba a llegar a tiempo. ¿Porqué? Porque el dichoso cerebro de Adrián Estébanez está programado para no despertarse cuando debe, para ignorar los pitidos del despertador (en este caso de los despertadores), para ignorar las tres llamadas que de camino al instituto vi que me había hecho María. Estaba hasta las narices.

Lo mejor fue la cara del gafas.

—De nuevo, tarde.

Me miraba con lo que sólo se podría denominar como una mirada asesina. Si hubiera sido un perro, habría bajado las orejas.

—Lo siento mucho profesor.

—Ya. ¿Y tienes alguna buena excusa? —preguntó. Puede que me perdonara y todo.

—No escuché el despertador.

—He dicho buena.

Pues no, no me iba a librar. Negué mirando para otro lado y maldiciendo contra mí mismo. Si me castigaba no me quedaría otra que apechugar. Luis suspiró.

—Por hoy está bien, pero no quiero que se vuelva a repetir. Si el jueves vuelves a llegar tarde, el castigo será el doble de malo. ¿Estamos?

Me quedé con la boca abierta. No me creía lo que acababa de pasar. Vale que los profesores sustitutos normalmente no fueran muy duros pero el gafas tenía de duro lo que yo de madrugador. Luis carraspeó, todavía esperando la respuesta, y yo salí de mi trance.

—Eh, sí. Sí, claro.

Me dirigí a mi asiento, al lado de María, como siempre y apoyé la mochila en la pata de la mesa, mirando al gafas mientras nos daba la espalda para escribir en el pizarrón.

3 comentarios:

Chandria dijo...

Uy... que flojo es este profesor (yo quería guerra, carnaza, temita.. tú ya sabes xD). Aunque a lo mejor termina con María porque se llevan muy bien esos dos. No sé, no sé...
Tienes razón, no dijiste nada de subir un poquito y ya está (releyendo la última nota que pusiste). Supongo que me ha traicionado mi pensamiento sobre lo que yo haría xD
Yo desde aquí (sentada en la cama y entre las mantas) te animo a seguir subiendo Bromas aparte porque está molto interesante ;)
Me estás picando y me dan ganas de ponerme a escribir aunque sean relatillos cortos sobre mis personajes. Ya veremos... ^^

Xnti Martínez dijo...

Me parto. Tortitas jajaja. Me ha encantado "Y yo hago tortitas" Si señor, agarrándose a un palo ardiendo. Que genial, me ha molao esa parte y lo de "He dicho buena", me encantaría tener un profesor como ese que soltase esas frasecillas... ains... me encanta y me encanta el personaje de María, me alegra que no sea una niña pava y tonta, parece muy carismática =3

¡Sigue prontillo! =3

Aqua Äre dijo...

No voy a soltar spoileeeers... xD Eres mala, Chan! Materialista! Yo lo borraré por donde lo haya subido que haya muchos testigos (xD) cuando vaya a intentar que me lo publiquen, pero lo subiré entero :3
Escribe, escribe!!! XD

Exacto xDD Yo también quiero un profesor así de bueno que tenga ese sentido del humor xDDD María está basada en una amiga mía que te caería muy bien, seguro, me alegro de que te guste :33