sábado, 26 de mayo de 2012

Yo no fui - Capítulo 3


Mantra

Hay un secreto detrás de la cordura del prisionero de la celda 390 del ala suroeste. Es un recuerdo y al mismo tiempo no lo es. Ha pasado tanto tiempo que ahora ya no es más un recuerdo, es un lamento, es un credo, es su oración. Su frase de buenos días, esos días que no llega a ver, su frase de buenas tardes y de buenas noches. A pesar de que sabe que ninguna es, ha sido ni será buena jamás. No es una esperanza pero tampoco es desesperación. No es algo que debería salvarlo, es más, es algo que debería atormentarlo para el resto de los días, es algo que ni siquiera los dementores han podido quitarle. Porque puede ser muchas cosas, pero eso que le salva de la cordura no es un recuerdo feliz.

Tampoco se puede decir que sea un recuerdo, es un cúmulo de ellos, de circunstancias, de cosas sucedidas, de verdades y mentiras. Es un cúmulo de “¡Eh, chicos! ¡No me dejéis atrás!”, “Sois tan geniales... por eso siempre tenéis tanta suerte con las chicas, ¡y encima sois inteligentes!”, “Yo querría ser como vosotros...”, “¿Qué hacemos? !Tenemos que escondernos! ¡Quien-vosotros-sabéis no os encontrará jamás!”, “Sois mis mejores amigos”, “Confiad en mí”, “No os traicionaré jamás”.

Es un conjunto de mentiras con voz, personalidad y nombre propio. Es un conjunto de Peter Pettigrews que Black sabe que no podrá olvidar jamás. Es un cúmulo de traiciones y secretos a puerta cerrada, de palabras bonitas y puñaladas por la espalda.

Y al mismo tiempo, culpa. Una culpa que lo devora por dentro, una culpa que parece que podría matarlo con mayor eficacia que los dementores si no fuera por la certeza que, a pesar de todo, se esconde en su mantra particular. Con lo que sabe Black podrían escribirse varios libros, todos llenos de remordimientos, de culpa, de dolor, de tristeza, de odio. Porque eso es lo que lo mantiene vivo entre esas cuatro paredes de piedra negra desde las que sólo oye el rugido del mar.

El odio.

Y la inocencia.

La certeza de que aquello que ocurrió ese martes es culpa suya, en cierta manera y, en cierta manera también, la certeza de que ese martes despiadado no lo causó él directamente. Es su culpa y al mismo tiempo no lo es. Es complicado, cualquiera que lo oyera hablar de ello, cualquiera que escuchara a Black confesar todo lo que piensa sobre la razón por la que acabó en Azkaban, pensaría que de tanto tiempo en ese sitio infernal ni siquiera él había conseguido librarse de la locura.

Pero él está bien con su culpa, sus remordimientos y su odio, no necesita compartirlos con nadie más. Sabe que en el improbable caso de que tuviera alguien así no se lo contaría y, en el más aún improbable caso de que lo hiciera, sabe que no sería creído. Así que se lo repite mentalmente siempre, una sola frase acompañada de miles de circunstancias, de imágenes.

Black era el guardián secreto de los Potter y, según cuenta la versión oficial, los delató a El-que-no-debe-ser-nombrado. La verdadera versión, que sólo conoce él, es que Black renunció a ese puesto.

Se lo dio a esa rata traicionera de Peter.

Black piensa en sí mismo en términos de Sirius cuando recuerda esto, se recuerda como el mejor amigo de sus mejores amigos, porque sabe que así el dolor es más intenso. La certeza de haber fallado a aquellos a quienes más amaba, aquellos que ahora gracias a esto están muertos.

Y Sirius no podía haber sospechado que Peter, Colagusano, era un traidor, pero sí que se culpa de haber sido lo bastante cobarde como para pasarle la seguridad de Lily y James a otra persona. Porque si hubiera confiado más en sí mismo, si se hubiera dado más crédito, si no hubiera sido el flagrante cobarde que sabe que fue, sus amigos podrían haberse salvado.

Esa es la parte que se culpa a sí mismo, la parte que se tortura como castigo entre esas cuatro paredes, ese techo y en esa prisión llena de dementores. Pero luego hay otra parte, que se resume fácilmente en ese mantra que se recita todas las noches, ese mantra que necesita escuchar de sus propios labios para seguir cuerdo, ese manta que sabe que repetirá hasta su muerte o hasta que consiga salir de ese lugar. Porque ese mantra esconde odio, unas ganas irrefrenables de matar, la necesidad de perdonarse a sí mismo, la necesidad de hacerle justicia a sus amigos, de enmendar sus errores. De reclamar venganza. Todo eso se resume en tres simples palabras y un punto final.

Yo no fui.”

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