domingo, 1 de septiembre de 2013

UMC: Los 7 días de la princesa

Los 7 días de la princesa



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía una princesa con su padre y su madre, los reyes de ese país. En el reino todos eran muy felices ya que los reyes eran bondadosos y la princesa era la más bella que nadie pudiera haber imaginado. Sus cabellos de oro le caían en cascada por la espalda, enmarcando sus suaves pecas y sus ojos de color esmeralda. En los labios de la princesa siempre había una sonrisa y todo su pueblo la quería mucho. Su nombre era Sara.

Un día, sin embargo, el Rey le comunicó a la princesa que, como su cumpleaños número 16 se acercaba, era su deber buscar alguien con quien casarse y que con motivo de tal decisión, invitaría a diferentes príncipes y princesas de países vecinos para que vinieran a pedirle su mano.

La princesa estaba muy nerviosa, ya que nunca había conocido a otro príncipe o princesa como ella, y lo comentaba con su amiga Clara, su doncella.

–Estoy muy emocionada –decía–. Carla, ¡por fin me voy a enamorar!

Por fin, el día en que los príncipes aparecerían en el castillo llegó. El príncipe Alberto, el príncipe Julio y la princesa Diana llegaron para conocerla, pero ninguno resultó ser lo que había esperado.

Los dos príncipes habían hecho amistad desde que se vieron el primer día y se pasaban las tardes yendo a cazar, practicando esgrima y contando chistes, y cuando coincidían con ella, se pasaban el tiempo alabando sus cabellos y su bello rostro.

La princesa Diana, por su parte, solía hablar con ella pero el único tema que sacaba a relucir era los vestidos que tenía en palacio, qué fiestas se celebraban en el reino y dónde había comprado tal o cual rubí.

La princesa no podía más así que decidió que no se casaría con ninguno de ellos, y se lo comunicó a su padre. El Rey, sin embargo, se enfadó mucho y le dijo que si no se enamoraba de ninguno de ellos pronto y se casaba con él o ella, él mismo decidiría quién sería su pareja. Le dio siete días para decidirse.

–Sea como sea, ¡para el séptimo día debes haberte enamorado! ¡Y no hay más discusión!
Sara lloró mucho esa noche, abrazada a Clara. No entendía porqué su padre era tan malo con ella y porqué ninguno de los príncipes ni la princesa se molestaba en conocer nada de ella aparte de la ropa que vestía, el maquillaje que usaba o lo bonitos que eran sus ojos al sol, sin sol y a la sombra.

–Tú tampoco te has molestado en conocerles, Sara. ¿No es cierto? –dijo entonces Clara, acariciando sus cabellos.

–¿Ah, no? –preguntó la princesa levantando la cabeza.

–No. ¿Acaso sabes qué es lo que le gusta de comer al príncipe Alberto? ¿Le has preguntado alguna vez a la princesa Diana algo sobre ella? O incluso, ¿sabes porqué el príncipe Julio da paseos de noche? –respondió Clara con una pícara sonrisa.

–¿Da paseos de noche? –preguntó la princesa.

–Sí, pero cree que nadie le ve. ¿Porqué no vamos a descubrir porqué? –propuso Clara.

La princesa aceptó de inmediato y se preguntó sorprendida cómo Clara sabía tantas cosas. Pero Clara siempre había sido muy inteligente, le daba los mejores consejos y siempre estaba a su lado. Era su mejor amiga y sabía que podía confiar en ella.

Juntas y aprovechando que era de noche, las dos recorrieron los pasillos del palacio hasta que encontraron al príncipe Julio. El príncipe parecía nervioso y sus cabellos rubios se le caían constantemente encima de la cara por lo que tenía que parar de andar cada rato para recolocárselos. En una mano llevaba una carta y caminaba hacia la habitación del príncipe Alberto.

La princesa Sara y Clara lo observaron caminar de un lado a otro frente a la habitación del príncipe, a ratos a punto de deslizar la carta por debajo de la puerta, pero siempre parando antes de tiempo. Finalmente, el príncipe Julio volvió a su habitación con la carta en las manos, sin haberse atrevido a pasarla hasta el otro lado.

La princesa y la doncella lo siguieron dos días más y así fue como descubrieron que el príncipe Julio estaba enamorado del príncipe Alberto pero no se atrevía a confesárselo. Emocionadas por el descubrimiento, Clara y la princesa decidieron ayudarle y se colaron en su cuarto para recoger la carta y dársela al príncipe Alberto. Pero no había una, ¡sino muchas cartas! El príncipe Julio era tan indeciso que cada día hacía una diferente pero nunca entregaba ninguna.

Esa tarde, Clara y la princesa cogieron todas las cartas y las metieron en una caja, que le dieron a un muy sorprendido príncipe Alberto. Este cogió una carta y comenzó a leerla y luego cogió la siguiente y la siguiente, y cuanto más leía el príncipe más sonreía y más feliz estaba hasta que finalmente, cuando hubo leído la última carta, el príncipe Alberto les pidió que fueran a buscar al príncipe Julio, porque tenía una cosa que decirle.

Las dos fueron corriendo a buscarlo y lo llevaron con Alberto sin explicarle nada, casi arrastrándolo por los pasillos del palacio. Nada más llegar y ver las cartas, el príncipe Julio se puso rojo como un tomate y trató de escaparse pero el príncipe Alberto le abrazó y la princesa y la doncella salieron de la habitación para que pudieran arreglar las cosas ellos solos.

Estaban muy muy felices de que el amor del príncipe Julio fuera correspondido. En esos días que habían estado investigando lo que ocurría con los príncipes se lo habían pasado muy bien, de maravilla. Sin embargo, hablando las dos de repente se acordaron de que se habían olvidado de la princesa Diana. Además, les quedaban apenas dos días para que Sara tuviera que elegir alguien con quien casarse. Y puesto que Sara no quería elegir a ninguno de los dos príncipes, que acababan de ver que estaban enamorados el uno del otro, a la princesa no le quedaba otra que casarse con la superficial princesa Diana. La idea no le gustaba para nada pero tenía que disculparse con la princesa por no haberle hecho caso todos esos días así que aceptó tomar el té esa tarde con ella.

Como siempre que quedaba con ella, Sara se aburrió muy pronto de la conversación con la princesa Diana y se limitó a tomar su té y a asentir de vez en cuando. Sin embargo, algo captó su atención y se puso a escuchar más atentamente. Se dio cuenta de que la princesa Diana solía hablar mucho de su mayordomo, que era muy atento, era el que siempre le ayudaba cuando algo salía mal, también era el que encargaba sus vestidos y elegía a sus doncellas para que la ayudasen, y la princesa Diana parecía realmente feliz cuando hablaba de él.

Sin poder evitarlo, la princesa Sara preguntó:

–Diana, ¿te gusta tu mayordomo? ¿Estás enamorada de él?

La pregunta pilló tan de sorpresa a la princesa Diana que se le cayó la taza de té a la alfombra y se puso a balbucear muy sonrojada, tratando de esconder su cara entre sus rizos marrones. Al final, sin embargo, asintió y las dos se pasaron la tarde hablando de lo bien que se sentía uno estando enamorado y de lo mucho que quería la princesa Diana a su mayordomo.

Clara las miraba a las dos con una sonrisa pero a la vez triste, porque sabía que ahora sí que la princesa Sara no querría casarse con ninguno de los príncipes ni con la princesa y se preguntaba qué haría para que su padre no se enfadara con ella.
Finalmente, el séptimo día llegó y el Rey llamó a todos los príncipes y princesas para que le comunicaran su decisión. Los príncipes estaban bastante nerviosos y miraban al suelo mientras que la princesa Diana parecía muy triste. La princesa Sara era la única que tenía una sonrisa en la cara, como siempre, y Clara, observando junto al resto de criados, se preguntaba si la princesa tendría un plan.

La princesa Sara se adelantó entonces y le dijo a su padre el Rey que no pensaba casarse con ninguno de los dos príncipes ni la princesa que habían acudido al palacio. El Rey se puso hecho una furia.

–¡Eso es imposible, Sara! ¡Me prometiste que elegirías a alguno para casarte o que si no te casaría yo con quien eligiera! –dijo el Rey.

–Pero padre, no puedes casarme con ninguno, porque todos están ya enamorados de otra persona –protestó la princesa–. ¿No crees que sería muy feo deshacer su amor, padre?

Ante esto el Rey se quedó callado, no sabiendo muy bien qué responder, pero finalmente se dio por vencido y suspiró.

–Está bien, pero dijiste que te casarías y ya tienes 16 años. ¿Qué vamos a hacer, Sara? –preguntó.

La princesa sonrió mucho entonces y respondió:

–No te preocupes, padre, porque yo también me he enamorado.

–¿Ah, sí? ¿De quién? –preguntó el Rey, emocionado.

–De Clara –dijo la princesa sonriendo. Corrió hacia donde estaban los criados y trajo con ella a la doncella, que estaba muy sorprendida pero también alegre.

–¿De Clara? ¿Tu doncella? –preguntó el Rey–. ¡Pero no es una princesa!

–Pero si me caso con ella entonces se convertirá en princesa y no habría problema, ¿no? –dijo Sara.

–Bueno, eso es cierto… vale, está bien –dijo finamente el Rey.

La princesa Sara se volvió hacia Clara muy emocionada y le dedicó una preciosa sonrisa, ya que Clara también sonreía.

–¿Cómo sabías que estaba enamorada de ti, mi princesa? –preguntó Clara, intrigada.

–Porque me mirabas con ojos tristes cuando mi padre dijo que quería casarme. Dime, ¿quieres casarte conmigo? –preguntó Sara.

–Por supuesto que sí. Y siempre querré –dijo Clara.

Ambas se cogieron de las manos y se dieron un beso. Por todas partes en el salón la gente se emocionaba y saltaba de alegría por el matrimonio de la princesa. Los dos príncipes se acercaron y les dieron la enhorabuena, así como les dieron las gracias por ayudarles y la princesa Diana les dio un abrazo con cariño.

Un mes más tarde se celebró una gran boda en el reino en la que los príncipes Julio y Alberto, la princesa Diana y su mayordomo y la princesa Sara se casaron. Hubo tres tartas tan grandes como las puertas de la sala y muchos invitados; y todos fueron amigos durante muchos muchos años.

Fin.

No hay comentarios: